Las páginas web sobre los delitos contra la libertad sexual en menores recogidas en este sitio forman parte de los proyectos de investigación dirigidos por Antonio L. Manzanero en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid (España).
Grupo UCM de investigación en Psicología del Testimonio (ref. 971672).


Posibles causas de las falsas agresiones sexuales a menores

De: Manzanero, A.L. (2010). Memoria de testigos: Obtención y  valoración de la prueba testifical. Madrid: Pirámide
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Nadie pone en duda la existencia de agresiones sexuales a menores. No obstante, es obvio que tampoco podemos considerar como ciertas el 100% de las denuncias que se presentan por delitos contra la libertad sexual en niños.


Michael Yapko, psicólogo clínico especializado en terapia familiar, escribió en 1994 un libro sobre las falsas memorias de agresiones sexuales infantiles. En el primer capítulo describe uno de estos casos y reproduce una carta escrita por una hija a sus padres (ver Manzanero, 2010). A partir de éste y otros casos reales Yapko (1994) distingue entre diferentes tipos de casos relacionados con agresiones sexuales: a) casos en los que la víctima ha sabido durante todo el tiempo que ha sufrido agresiones sexuales, b) casos en los que una persona de forma independiente de pronto recuerda una agresión sexual, c) casos en los que un terapeuta facilita el recuerdo de una agresión sexual olvidada, y d) casos en los que un terapeuta sugiere una falsa memoria de agresión sexual. Según Yapko, este último tipo de casos, en los que se centra en su informe, ocurrirían más frecuentemente de lo que creemos. Probablemente uno de los casos más conocidos de falsas memorias de agresiones sexuales a menores ha sido el conocido como Caso McMartin, que tuvo lugar en Estados Unidos en 1983, y sobre el que se han realizado varias películas (Unspeakable Acts, 1990; Indictment: The McMartin Trial, 1995) y escrito un libro (Eberle y Eberle, 1993). En este caso se vieron implicados gran cantidad de niños de muy corta edad como falsas víctimas y como falsos agresores los empleados de la guardería y el hijo de los propietarios (de 25 años),  que fue el principal imputado y pasó cinco años en prisión a la espera del juicio que le declaró inocente. En realidad todos ellos fueron víctimas de una investigación inapropiada, de intereses políticos y de los medios de comunicación. La metodología utilizada por una psicóloga, especialista en abuso sexual infantil, para obtener las declaraciones de los menores llevó a que finalmente describieran un amplio catálogo de agresiones sexuales entre las que se incluían felaciones, tocamientos genitales y anales, sodomía, y rituales satánicos que incluían beber sangre. Cerca de 400 niños fueron entrevistados sobre las agresiones, mediante preguntas sugestivas, muñecos anatómicamente correctos (ver capítulo 10) y promesas de recompensas si relataban los supuestos actos sexuales. Siete meses después de iniciadas las investigaciones 384 niños fueron diagnosticados como víctimas de abusos sexuales; 150 de ellos fueron examinados médicamente y el 80% presentaron “evidencias” físicas compatibles con este tipo de agresiones. Más allá de esto, la investigación no encontró ni una sola evidencia que probara que los relatos de los menores eran ciertos. No encontró fotografías de los niños desnudos, que ellos aseguraban les había hecho; tampoco encontró la “habitación secreta” donde decían se producían las agresiones. Las declaraciones de los menores estaban llenas de inconsistencias y descripciones de hechos imposibles. Durante el juicio, algunos menores contaron que habían grabado desnudos películas de indios y vaqueros donde unos mantenían relaciones sexuales con los otros; manifestaron que las agresiones habían tenido lugar en granjas, en circos, en casas de desconocidos, en túneles de lavado de coches, en almacenes, y en una habitación secreta de la guardería a la que se accedía por un pasadizo; contaron que se sacrificaban animales en un ritual parecido a una ceremonia religiosa donde debían beber la sangre de los animales degollados; e incluso uno de los niños afirmó que les obligaron a ir a un cementerio para desenterrar a muertos con picos y palas, para después cortarlos con un cuchillo. Los acusados todavía no lo han superado, tampoco los menores y sus padres que llegaron a creer que las agresiones habían ocurrido realmente. Se celebraron dos juicios, que en total duraron seis años. Cuando todo concluyó los niños tenían entre 8 y 15 años, y habían pasado gran parte de su vida contando las falsas agresiones sexuales que entonces ya “recordaban” con todo lujo de detalles.

Como antes hiciera Yapko (1994), Pendergrast (1998) a lo largo de más de seiscientas páginas también revela casos reales de falsas agresiones sexuales en un informe donde pone de manifiesto algunas de las causas más frecuentes y hace algunas recomendaciones acerca de mantenerse alerta ante las memorias recuperadas mediante algunas técnicas de psicoterapia. Al final, incluye una lista de preguntas propuesta por Campbell (1994) para identificar las técnicas de psicoterapia inefectivas  y peligrosas:


¿Se siente peor y más desanimado desde que empezó la terapia?
¿Está su terapeuta muy interesado en detallar sus fantasías, sentimientos y pensamientos?
¿Su terapeuta se centra fundamentalmente en hechos de su infancia y pasa por alto su presente?
¿Pone especial énfasis en resaltar sus déficit y puntos débiles al tiempo que ignora sus fortalezas y recursos?
¿Realiza muchas especulaciones sobre usted?
¿Se muestra frecuentemente como una persona intelectualmente superior a usted?
¿Parece desconfiar de usted, tiende rápidamente a asumir que usted es una víctima de sí mismo y a sabotear la terapia?
¿Tiende a hablar frecuentemente de la influencia de otras personas en su vida, pero rechaza incluirlas incluso si están dispuestas a colaborar?
¿Tiende a atribuir motivaciones malintencionadas a otras personas en su vida y las acusa?
¿Actúa como si él/ella fueran la única persona con la que usted mantiene una relación personal importante, disponible en otras áreas de su vida?
¿Busca determinar dónde se localizan en su cuerpo las emociones y sentimientos?
¿Se basa en tópicos comprensivos para inducirle a confiar y ser amable con sigo mismo?
Según Campbell, la respuesta afirmativa a la mayoría de estas preguntas podría ser indicativo de una mala práctica profesional del psicoterapeuta. Pendergrast añade que el terapeuta no debe contribuir a generar situaciones de dependencia, sino que el objetivo sería que la persona que acuda a una terapia incremente su independencia y no tenga que consultar con el psicoterapeuta cada decisión que toma. Finalmente, éste último, afirma que si el terapeuta se convierte en la persona más importante de su vida algo no está funcionando bien.

Para tratar de distinguir una falsa memoria de agresión sexual infantil de una memoria real, Pendergrast (1998) propone otra lista de preguntas que podría alertar acerca de que quizá el recuerdo reprimido primero y recuperado después no se base en hechos reales. A continuación recogemos algunas de ellas:

¿Recuperó la memoria después de una psicoterapia focalizada en la memoria, mediante el trabajo en grupos de víctimas de abuso, o después de acceder a información (libros o documentales) sobre víctimas de abusos?
¿Los abusos recordados habrían ocurrido en la época de amnesia infantil (hasta los 3-5 años)?
¿Las memorias recuperadas se extienden a los años de adolescencia o más allá?
¿Implican agresiones sexuales genuinas o elementos sobre rituales de abuso estrambóticos?
¿Tienen los recuerdos recuperados características de película de terror típica, son aislados, o están fuera de la narración normal de su vida?
¿Ha sido la víctima diagnosticada de personalidad múltiple?
¿Las acusaciones implicaban al principio a un único agresor y después se extendieron a múltiples agresores?
¿Para obtener la memoria recuperada se utilizaron técnicas de hipnosis, imaginación guiada, relajación, análisis de sueños o similares? 
¿Siente la víctima que las memorias recuperadas explican la mayoría de sus problemas vitales, como enfermedades físicas, depresión, relaciones problemáticas o temas relacionados con el trabajo?
¿La víctima ha cortado todo contacto con cualquiera que expresa mínimas dudas sobre los hechos?
¿Existe alguna posible motivación económica en la víctima?
¿La víctima se muestra enfurecida la mayor parte del tiempo?
¿Ha convertido su condición de víctima en la principal fuente de su identidad?


Pendergrast llega a afirmar que las memorias sobre abusos sexuales, supuestamente ocurridos a lo largo de un periodo extenso de tiempo, que resurgen después de una represión masiva (de una amnesia selectiva y amplia), no serían ciertas. Parte de los detalles recordados probablemente serían ciertas, pero la superestructura construida sobre esos elementos probablemente será falsa.

Las asociaciones de víctimas juegan un papel muy importante en este tipo de casos. Su existencia es necesaria y en general su actuación beneficiosa para las víctimas y la sociedad en general. Sin embargo, quizá su trabajo se debería centrar en ayudar a las víctimas ya confirmadas, dejando para otras instituciones y profesionales el trabajo de comprobar si realmente se produjeron las agresiones sexuales. En otros países (Estados Unidos, Reino Unido, Australia, ...) las asociaciones de víctimas de abusos sexuales surgieron durante los años ochenta y noventa. Los últimos diez años surgió la necesidad de crear asociaciones de víctimas de las falsas memorias. La British False Memory Society (en Reino Unido) y la False Memory Syndrome Foundation (en Estados Unidos) son algunas de las más beligerantes en la lucha contra los problemas que han causado las falsas memorias sobre agresiones sexuales.

Ni Yapko (1994), ni Pendergrast (1998), ni ningún otro de los investigadores que se han ocupado de las falsas memorias sobre agresiones sexuales infantiles ponen en duda la existencia de casos reales de agresiones sexuales infantiles. Pero al tiempo alertan de que hay un porcentaje de casos en los que se trata de un falso recuerdo. Otgaar, Candel y Merckelbach (2008) demostraron que es más fácil generar un falsa memoria sobre un hecho negativo que sobre un hecho positivo.

Qué porcentaje hay de falsas memorias sobre agresiones sexuales es algo que se desconoce y resulta extremadamente difícil distinguir las memorias reales de las falsas (como veremos en el capítulo siguiente). Desde un punto de vista judicial, las denuncias falsas en casos de abuso sexual parece que se han incrementado considerablemente desde la década de los setenta hasta nuestros días. Así, por ejemplo, Peters (1976) señalaba una tasa de aproximadamente el 6% de falsas denuncias entre los niños derivados a un hospital en los setenta, mientras que Benedek y Schetky (1985) en los ochenta señalaban tasas de 55% de falsas denuncias en casos implicados en demandas de custodia y régimen de visitas, o Green (1986) que señalaba una tasa del 36% en casos similares. En cualquier caso, estas estadísticas en la mayoría de los casos hacen más referencia a denuncias falsas deliberadas que a falsos recuerdos, que se generarían sin intencionalidad de causar un perjuicio a los supuestos agresores.

Sobre falsas memorias de agresiones sexuales, resultan especialmente significativos los trabajos de Clarke-Stewart, Thomson y Lepare (1989) con niños de 5 y 6 años a los que se les sugería mediante preguntas que un adulto estaba molestando sexualmente a una muñeca y estaba siendo agresivo con ella, y cuyos resultados mostraron que la interpretación de la escena de una gran mayoría de los niños fue fácilmente manipulada por las sugerencias, sobre todo cuando se hacían de forma insistente. Y el trabajo de Bruck, Ceci, Francouer y Renick (1995) quienes encontraron que aproximadamente el 40% de los niños de entre 2 y 3 años relataban tocamientos genitales falsos cuando se les preguntaba de forma sugestiva con muñecos anatómicamente correctos inmediatamente después de un examen médico que no incluía la exploración genital.

En cualquier caso, el conocimiento de las situaciones y mecanismos que podrían dar lugar a la denuncia de agresiones sexuales falsas podría favorecer su detección. Por esta razón, Jones y McGraw (1987) estudiaron una serie de casos de abuso sexual entre los que solo un porcentaje del 53% fueron clasificados como “con fundamento”. Los casos considerados falsos o posiblemente falsos consistían en denuncias realizadas por menores bajo presión de adultos o acusaciones procedentes de entrevistas realizadas por "profesionales"  que no tuvieron en cuenta las capacidades del menor o usaron muñecos anatómicamente correctos junto con preguntas sugestivas. Muchos de estos casos estaban inmersos en disputas matrimoniales, y en ocasiones el adulto que denunciaba el abuso tenía algún tipo de desorden psicológico. Diversos investigadores (Humphrey, 1985; Lindsay y Read, 1994, Loftus y Davies, 2006) han señalado que una metodología inapropiada en el marco de técnicas de psicoterapia podría ser la responsable de gran parte de las falsas memorias de agresiones sexuales infantiles. Entre otras técnicas de recuperación de memoria que podrían dar lugar a falsas acusaciones de abusos sexuales, Lindsay y Read (1994) señalan la recuperación de memorias reprimidas, el uso de la hipnosis, de técnicas de imaginación guiada, la utilización de diarios "retrospectivos"..., además de libros de divulgación o grupos de colectivos de víctimas.

Por otro lado, varios autores de estudios sobre la incidencia de las agresiones sexuales (p.e, MacFarlane, 1986; Sink, 1988) han puesto de manifiesto que las denuncias falsas de abusos sexuales son más numerosas en casos de divorcio y separación que en ninguna otra circunstancia. Hasta tal punto que Jones y Seig (1988) señalan que algunos grupos de protección a menores han decidido no investigar los casos de abusos sexuales denunciados en estos procedimientos. Medida que si bien parece desproporcionada refleja el cariz que está tomando la instrumentalización de las denuncias de este tipo. No obstante, Jones y Seig han encontrado que el 70% de las denuncias de abusos sexuales en el marco de los casos de divorcio y separación fueron ciertas, mientras que el 20% parecían ser falsas. En todo caso, advierten contra la posición clínica que denominan "bien, ahora el niño no cuenta nada, pero pongámoslo bajo terapia y veremos qué sale de ahí", que subyace a las terapias basadas en la recuperación de memorias reprimidas (de las que nos ocupamos antes). En este mismo sentido, Steller (1991) sugiere que el incremento de denuncias de agresiones sexuales lleva a un aumento de las declaraciones falsas, muchas de ellas producidas por el mal ejercicio profesional de las personas que entrevistan a los niños posiblemente agredidos.

Sink (1988) señala cuatro teorías, algunas de las cuales podrían darse simultáneamente, que podrían explicar las denuncias falsas de abuso sexual en estos casos de disputas matrimoniales:

a) Padres hiperansiosos: según la cual el estrés que acompaña a la separación y divorcio puede provocar un incremento de responsabilidad de los padres sobre el bienestar de los hijos. Este aumento de responsabilidad puede degenerar en conductas aprensivas sobre la relación de los hijos con el otro miembro paterno. Y en este ambiente, pueden sobreinterpretarse, sin mala intención, las conductas de los hijos asociadas con las visitas como características de un niño víctima de abusos sexuales.

b) Creencias compartidas entre uno de los padres y el niño: que hacen referencia a las situaciones en que el niño y uno de los padres desarrollan la creencia compartida de que podrían ocurrir agresiones sexuales en el transcurso de las visitas o la custodia.

c) Niños sugeridos: que se dan en el caso en que el niño es sometido a un "lavado de cerebro" mediante las repetidas preguntas realizadas por uno de los padres u otra persona, y que pueden llevar al niño a estar de acuerdo en que han ocurrido agresiones sexuales.

d) Refuerzo de conductas: que tienen lugar en aquellas situaciones en las que los niños tienen un comportamiento sexual que podría sugerir un abuso sexual, aunque no haya ocurrido nunca. Cuando el niño realiza una de estas conductas sexuales, por ejemplo tocarse los genitales, los padres le prestan más atención, con lo cual la conducta tiende a repetirse.

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Para saber más:

Manzanero, A.L. (2008). Psicología del testimonio: Una aplicación de los estudios sobre la memoria. Madrid: Pirámide

Manzanero, A.L. (2010). Memoria de testigos: Obtención y valoración de la prueba testifical. Madrid: Pirámide